La literatura contemporánea no puede escapar a las revisitaciones; está hecha de ellas: revisitaciones formales y conceptuales. La obsesión por desentrañar la esencia insular es una de las constantes por la que transita cada generación; sobre todo porque ningún habitante de las islas se libra de ello, de hacer una parada necesaria y reflexionar sobre su condición de insulano.
Aparece así la isla confluyente y dual, la “patria sonora”, la “fiesta innombrable ”, esa “vacuidad y presencia absoluta”, “lo menos tierra de la Tierra”. La isla es querida y odiada; está signada por el dolor y al mismo tiempo por cierta necesidad/fatalidad de padecerla; es transformada en sustancia poética trascendente, en un “mirar a lontananza” que coloquia con el universo más allá de los límites infranqueables; es mitificada para escapar del horror vacui, de esa trampa que se vuelve la isla a cualquier hora de este trópico abrasador.
El isleño padece el hambre de espacios y circunstancias otras desatada por esa plenitud de la distancia extendida frente a su vista: las aguas..., vastedad de salitre que ata/ancla la roca amada y aborrecida a la intemperie. Frente a ella el habitante anhela el viaje como toda criatura insular: ya sea físico o simbólico y entonces, ante la imposibilidad, gravita hacia dentro de sí mismo, no situado de espaldas al mundo sino precisamente para ir hacia él y escapar del cinturón de mar que lo aprisiona: cinturón de ideas, de conceptos, de espacios; limitación espiritual y física.
Esa “maldita circunstancia del agua por todas partes” lo obliga a sentarse a la mesa de café y tocar el tiempo con su pluma, a estar antes y después del tiempo, a transformar con ella su frustración, su no futuridad, la primitivez irremediable que lo circunda, y el oficio de las palabras lo rescata y lo salva.
La isla, la condición de habitante, esa carga que significa la insularidad, la conciencia de soledad y lejanía, la frustración y el ansia de traspasar los límites no importa qué esté más allá de los límites, la certeza de una singularidad... son traumas que seguirán signando la literatura insular y, como la serpiente que muerde su propia cola, seguirán generando signos que la perpetúen, ya sea para maldecirla o alabarla.
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