Ayer estuve leyendo acerca de las iniciativas que se desarrollan en latinoamérica por incentivar la lectura y por ende la literatura en un comentario acerca de los libros y las bibliotecas .
Entonces me puse a pensar en nuestras propias actividades: están la Feria del Libro de La Habana -que se extiende a todo el país-, los sábados del libro, la Noche de los libros... Cada una de ellas se convierte en una verdadera fiesta, pero... ¿una fiesta donde el libro es lo más importante?, ¿o lo es el simple hecho de participar del jolgorio popular y los libros se adquieren para ir a guardarse en un rincón? Antes nunca me hubiera preguntado esto, supongo que porque los libros siempre fueron, desde que recuerdo, mi mejor compañía: desde los cuentos infantiles, pasando por toda la colección de aventuras (recuerdo que durante muchos años quise ser el Capitán Tormenta), luego una etapa mística durante la cual estuve decidida a ser monja de clausura y seguir la vida de San Francisco de Asís, la incomprensión de mis 10 años porque mi mamá no quería que leyera El Decamerón (el cual por supuesto compré y como ella pronosticaba, no entendí), el Boom latinoamericano, la literatura europea desde la Antigüedad hasta lo más contemporáneo que pude adquirir (no creerían mi asombro cuando en plena Universidad -muchos años después, de 1999 al 2004- recibí como lo más actual El maestro y Margarita y El Tambor de hojalata y eso en sólo dos o tres clases). Pues, cuando los libros son tu cotidianidad (y ahora mi pan), no te das cuenta de que para todo el mundo no es igual. Ahora, en mi trabajo, cuando me ha tocado de cerca ver las dificultades de conseguir público para una presentación, lo complicado de una promoción y que en tiempo muerto no es tan idílico el resultado como en los mega eventos (en los cuales ni siquiera consigues público para todas las actividades), me percato de que incentivar la lectura es una tarea ardua, que tiene que comenzar desde la niñez, desde las lecturas en casa de la Caperucita Roja, la escuela, que los trabajos de lectura no sean una tortura sino un divertimento (lo que requiere de un verdadero educador). Entonces, una promoción, una iniciativa institucional podrían comenzar a funcionar, porque ya están las bases creadas, ya tenemos a un individuo que ve en el libro una compañía, un cómplice, un universo que espera ser descubierto. Y esos que pasan de largo frente a una librería, u observan con recelo una lectura callejera quizás se atrevan a pasar...
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