martes, 29 de julio de 2008

Un hogar dulce

La literatura infantil era un género al que no prestaba atención desde mi lejana infancia. Sin embargo, con el nacimiento de mi hija tuve inevitablemente que regresar a ella -al menos a los clásicos-, y luego con reserva a los textos más nuevos. Grande fue mi sorpresa cuando me percaté de lo realmente difícil que es escribir para los niños, esos enanos que nos sobrepasan en el entendimiento de lo esencial. Ahora disfruto mucho editando libros infantiles, sin subestimarlos, creo que pensar como un adulto puede ser a veces un freno, tienes que ser un niño y pensar como tal para que el texto funcione: la más desatinada de las historias adquiere sentido entonces.

Hace poco, en la revista Antenas, no. 21-22, de la Ed. Ácana, publiqué una reseña sobre uno de nuestros libros y quiero compartirla aquí. Pronto escribiré algo sobre una noveleta infantil de la que me he enamorado, digo luego porque ahora está en pleno proceso editorial y yo cruzo los dedos para que salga bien.

Dulce hogar (Ada Zayas Bazán, Ed. Ácana, 2007)

Llegar al lugar “más bello del mundo” no requiere de viajes organizados, boletos de avión o anotarse en inacabables listas de espera; basta con empujar la puerta para adentrarse en el Dulce hogar de Ada Zayas Bazán, y recordar que la felicidad se halla mucho más fácil en la complicidad del calor hogareño. Este nuevo título que ofrece la Editorial Ácana, como parte de la colección Musa traviesa, viene a engrosar el número de publicaciones dirigidas al público infantil, y nos regala un hogar de lo más corriente y a la vez extraordinario –como debe ser-, donde se cocinan, en la magia cotidiana del amor maternal, los más disparatados y divertidos cuentos y la asombrosa sabiduría infantil. Como condimentos indispensables, sobran risas, juegos, travesuras, golosinas, y muchos besos que aliñan los deliciosos poemas de este volumen.

Cada una de las seis secciones que componen la totalidad del libro está concebida como un atisbo de esos instantes hogareños que convierten la vida en poesía, siempre y cuando haya alguien que sepa mirar las pequeñas rutinas de cada día con los ojos maravillados y fantasiosos de un niño. La casa se transforma, entonces, por obra y gracia de la imaginación, en un espacio infinito de convivencia y de “jaleo tremendo”, en el cual, a la hora de la siesta, el recreo, la tarea, o la comida, hay lugar para los animales con las aspiraciones más inverosímiles de las que se han tenido noticias: “Ser cantante sueña Rana/ (desentona cualquier nana)/ Se empeña en volar don Perro/ (¿iremos, pues, a su entierro?)”; los confundidos personajes de cuentos a los que alguna niña traviesa hizo unos cuantos “arreglos”: “Alicia, en un apagón,/ se atraganta con anón./ Cenicienta en un avión,/ hace virar un ciclón”; cierto jardín poblado de un “florialuvión” de aromas de las más disímiles flores: “Floripianola,/ Floriamarilla,/ Florisostén,/ Floriventana, […]”; la Luna y el Sol –niño juguetón–, quizás un poco apretaditos ya, pero felices; una buena lección para poner en su lugar a esas tercas matemáticas o aprender a escribir: “Con la P escribe papá;/ con la C, cachumbambé;/ con la T, títere fue./ Y suma uno + dos: tres”; y por supuesto, la familia: abuelo, abuela, papá, mamá, hermanita, porque donde ellos estén, allí se abrirá la puerta para entrar al sitio donde “se fue el rencor a bolina”. Esa, precisamente, es la visión que dibujan una serie de poemas y prosa lírica, donde se combinan canciones, juegos, sinrazones, adivinanzas, trabalenguas, fábulas, y todo un grupo de personajes que pueblan el ámbito de este singular hogar.

La voz lírica aparece indistintamente, unas veces como madre preocupada y amorosa, y otras como niño(a) que observa el mundo desde su estatura; compartiendo fraternalmente el protagonismo de los textos. Los mismos, han sido escritos con un lenguaje que tiene toda la belleza de la sencillez infantil, sin subterfugios, ni términos enrevesados para decir las verdades más profundas, si acaso el juego de palabras que no puede faltar en todo trabalenguas que se respete. Este tono lúdico y natural se contagia a toda la composición del libro; desde las tipografías empleadas, hasta las ilustraciones surgidas de la pluma de Reidel Gálvez, que dialogan certeramente con los poemas; transfigurándolos en seres con aliento propio.

Pero cuidado, simplicidad, en el sentido del que hemos hablado, no tiene nada que ver con superficialidad, ni siquiera en un texto dedicado a los niños, pues los valores más elementales: la familia, la sensibilidad, el amor, la amistad, la libertad, el sentido de lo bueno, se entrelazan como una olorosa enredadera en el universo de este hogar, un hogar cualquiera, el más maravilloso del mundo, el de Ada Zayas Bazán; hasta el tuyo si deseas traspasar el umbral y quedarte a vivir en él: “Abracadabra asegura que esta cerradura solo/ la abre el corazón”.

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