Como siempre es agradable culpar a otros de los pecados propios, me gusta imaginar que la pereza es una predisposición genética heredada de mi ciudad; perezosa y abúlica villa medieval que se abandona sin remedio al monótono y reposado ruido de sus goteras milenarias. Enorme sabana de "pastores y sombreros" que gusta de dormitar arrellanada en la sobriedad augusta de sus descoloridas casas coloniales y ser arrullada por el eco de los adoquines que aún se resisten al asfalto. Laberinto polvoriento que todavía recuerda el murmullo de aquellos dos ríos que acariciaban sus riberas y servían de manantial potable a los primeros villanos y hoy se resigna sin reclamo alguno a verlos convertidos en vertederos.
Ciudad tan aburrida que hasta los ciclones la bordearon durante mucho tiempo para no deshacerse en el silencio pesado de sus calles y cuando un arriesgado huracán se atrevió a cruzar sus lindes prefirió olvidar y fingir que no perdió el sueño con las ruidosas ráfagas que desmantelaron miles de casas; que sus calles durante semanas enteras no regresaron a las penumbras medievales y se trocaron tv y luces por peleas, y -en el mejor de los casos- cuentos de la abuelita ; que fue mentira que casi pereciera ahogada por las turbias aguas de uno de aquellos idílicos "riachuelos"; que no faltó todo en lo que se pueda pensar; simplemente prefirió tachar esas páginas de insomnio de su historia por miedo a no poder volver atrás una vez que se decidiera a romper la inercia de su apatía.

Mi ciudad es una simuladora por pereza, pereza de darle la cara a todo lo que rompa con su rutina cansada de sobrevivir y entonces, escoge la indiferencia.
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