La Feria del Libro en Camagüey tuvo lugar, en esta ocasión, del 5 al 8 de marzo. Recordemos que esta fue una de las ciudades azotadas por el huracán Ike y ay! qué quedó después de él sino desolación, así que se redujo el tiempo de feria para no cargar en demasía el presupuesto de las zonas afectadas. Sin embargo, siempre es lindo vivirla, aun cuando para los implicados en su organización y ejecución sea un generador de insomnio pre feria, estrés ferial y agotamiento post parto, digo, post feria.
No siempre este esfuerzo recoge los mejores frutos, no siempre lo soñado transcurre tan idílicamente como en la imaginación; pero sí te acercas a escritores e investigadores de otros sitios, quienes, junto a los del patio, hacen que se concreten muchos espacios que generan nuevos conocimientos, disímiles e interesantes polémicas, y la apertura, quizás, a nuevas perspectivas desde las cuales enfocar terrenos que se creían archiesplorados.
Amén del aspecto teórico, que es el que ocupa mayormente mi tiempo, quiero detenerme en el aspecto de la venta/compra de libros. Siempre es asombroso escuchar las cifras; los mega eventos -a pequeña, media, o gran escala- son imanes que atraen una enorme cantidad de público -el que escacea en las librerías-, que adquiere a manos llenas el producto-libro que en otras oportunidades ni siquiera se detiene a mirar. Por supuesto, no podemos obviar la presencia de los sempiternos amantes de la literatura, quienes, por cierto, son los que menos ingresan al presupuesto de la feria, pues acuden a la caza de algún que otro ejemplar novedoso y/o raro, no más. Los otros, a los que me refería en un principio, son el objeto de mi reflexión y mi recelo.
Me disculpo si peco de incredulidad, pero la experiencia no miente y he visto manos llenas de los títulos más opuestos que se haya podido imaginar, coincidentes en solo un detalle, son los de moda, los que se han anunciado por los medios, etc... También desmesuradas compras que no se le ocurrirían al mas empedernido lector, porque si de verdad se consumieran provocarían un empacho literario de grandes dimensiones.
No me gusta juzgar con recelo, pero no puedo evitarlo. Miro a los demás en mi propio espejo y en el de personas que conozco. La literatura es mi trabajo y mi mejor compañera desde la infancia, y considero que exageré con la adquisición de 6 libros, a los que se suman unos cuantos que me regaló algún que otro autor. Cuando llegué a casa me percaté de que había, como siempre, cometido el grave pecado de la gula literaria y que algunos volúmenes serían puro adorno en los estantes. Entonces, me pregunto, ¿qué se puede hacer con 30 ó 40 libros? Y escéptica me respondo: almacenarlos en algún cuarto de desahogo y olvidarse de ellos o del tema literatura hasta la próxima feria.
Para la economía del libro es un gran negocio, para el público una fiesta y oportunidad de socialización, para los que observamos, un momento de reflexión: ¿estamo incidiendo verdaderamente en los posibles lectores?, ¿estamos haciendo bien nuestro trabajo, que no es solo el de vender sino el de promover el libro y el hábito de lectura?, ¿debemos conformarnos con las enormes ventas y las ganancias que generan?, ¿vamos, entonces, a cerrar los ojos para no pensar en el futuro del libro?
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