lunes, 2 de marzo de 2009

Despedida

"La muerte es como un zapato", dice una amiga en su libro Silencio para los muertos. Me contaba que era una frase intrascendente a la cual un importante escritor le había encontrado innumerables connotaciones que la habían puesto a pensar. Entonces me dio la idea de escribir, de hablar sobre la muerte, porque la he tenido muy cerca últimamente, la he llevado puesta, la he calzado incluso.
Hace unos meses aún no podía hablar, le tenía rabia, había olvidado que ella tiene también su tiempo y espera pacientemente su llegada. Ella nos respeta, aguarda porque la vida termine su jornada para hacer su labor.
Hace unos meses no sabía que necesitaba, al menos en este efímero espacio blogosférico, decir adios de una vez, y contar para mí misma cuánto de lindo tuve en mi vida mientras ellos estuvieron, cuanto de lindo me queda.
Ellos..., están en mis primeros recuerdos, fueron mi infancia, mi adolescencia, mi juventud.
A ella le debo mi morosidad y despreocupación, porque ningún psicólogo la iba a convencer de que mimar a los nietos no es una forma de educarlos. Le debo riñas memorables porque nunca nos pusimos de acuerdo con respecto a nada; fue mi más fuerte contrincante pues nunca se rindió, nunca dejó de intentar moldearme a su manera; le debo, entonces, ser lo que soy: todo lo contrario de lo que siempre quiso. Le debo haber crecido en un mundo maravilloso, en medio, incluso, del "Período Especial": nada era suficiente para ella cuando se trataba de mí. Todavía recuerdo que cuando costaban carísimos los zapatos y no había en ningún lugar, me compró unos tennis en la calle, por un precio enorme para que a mis 13 años no tuviera razones para avergonzarme en la escuela.
A ella le debo disculpas por haberme ido a vivir mi vida y no haber estado lo suficiente, por andar siempre apurada, por tener demasiado trabajo, por ser demasiado dura, por no haberle podido devolver al menos una pizca de lo que me dio. La extraño tanto que ahora, cuando ya han pasado unos meses, aún tengo deseos de que sea mentira y llegar temprano en la mañana a su casa, encontrármela en la cocina con el café en la mano, que trate de embutirme a toda hora, porque siempre estuve demasiado flaca para su gusto; o que me pelee por el corte de pelo.
Abuela, sigo sin almorzar o comer a la hora adecuada, ando siempre apurada y aún leo mientra como, pero me visto con colores más vivos como siempre me pedías, tengo el pelo largo como te gustaba, y te extraño mucho.
Él, ha sido el hombre más excepcional que he conocido en mi vida. No voy a enumerar sus virtudes porque escribiría hasta el cansancio y aún encontraría algún otro argumento. No puedo reprocharle a la muerte haber aparecido, ya lo dije: ella también tiene su tiempo y sabe cuando ha llegado.
De él, tengo tantas memorias, sus historias están impresas en mi mente: su vida de niño en España, el viaje a Cuba, el tiempo que vivió en Cienfuegos y luego aquí en Camagüey. Le pedía que me las contara una y otra vez, eran como fábulas maravillosas para mí. Recuerdo que llegó a Cuba 15 días antes de que comenzara la Guerra Civil en España y cómo a partir de sus narraciones escribía cuentos sobre España, la aldea de su infancia -Bonsermo, se llama, pero nunca supe cómo se escribía, cerca de Támoga, en Lugo-, o la guerra. Siempre me pareció que era una vida como para contar y enseñarle a otros esas imágenes que dejó impresas en mi mente. Fue mi primer maestro y con él aprendí más de Historia que en cualquier escuela. También recuerdo sus chistes y que yo era la única que se reía de ellos en la casa, me parecía increíble que los demás no vieran que no importaba si eran cómicos o no: lo importante era él y hacerlo sentir bien. Lo admiraba tanto que para mí no había nada más importante que verlo feliz.
Fue un hombre bueno que me llenó de alegrías, de razones para creer: era un hombre fiel a sus convicciones y puede que no estuviera de acuerdo con muchas de ellas pero aprendí a respetarlas: uno tiene que respetar a aquellos que viven lo que creen y defienden. Gracias, abuelito, por ser el mejor papá del mundo; nada, ninguna de las palabras que pueda decir van a poder contener lo que significaste para mí, lo que me duele tu ausencia, lo que le diste a mi vida: el mundo, mi mundo, lo llenaste de felicidad. Ojalá no hubieras estado enfermo cuando mi hija te conoció, me hubiera gustado tanto que se sentara contigo en tu cuartico de trabajo a conversar contigo. Algún día le contaré tus historias. Perdóname que me haya asustado cuando te enfermaste, te vi tan diferente a como siempre fuiste. No podía creer que mi hombre perfecto no lo fuera más. Me costó trabajo mirar más allá, muchas veces no supe verte con los mismos ojos de la niña que te admiraba. Me costó dejarte ir.
Mi abuelo murió el 8 de noviembre de 2008, en vísperas de un ciclón que se acercaba a Camagüey. Mi abuela murió el 2 de diciembre: no pudo esperar más para estar junto a él. Mi hija dice que va a ponerse unas alas para ir a visitarlos al cielo adonde Jesús los llevó para cuidarlos, y yo quisiera tanto que pudiera ser posible.
Como a fin de cuentas este es un blog que nadie lee, puede, por esta vez, convertirse en el lugar donde llorar todo lo que me duelen en su ausencia definitiva. Les debía unas palabras, las que no he dicho a nadie. Adios a los dos. Los quiero.

3 comentarios:

Unknown dijo...

Todo lo que dices no es cierto: yo sí lo leo.

Anónimo dijo...

La aldea de tu abuelo, es posiblemente Borcermo (siempre lo he oído decir así), aunque las raras veces que lo vi escrito, lo deletreaban Brocermo o Brozhermo ("hermo" en gallego significa "yermo"). Está bastante apartada de las demás aldeas de Támoga.

Recuerdo que cuando estuve ahí, a mediados de los 80, sólo había tres casas, una de ellas en ruinas, dos vecinos (madre e hijo), una yegua, muchos castaños y un ciruelo (en gallego, como en portugués, "ameixeira"). ¡Cuánto daría por oír las historias de esta aldea!

Unknown dijo...

Anónimo: Nunca más volví a entrar al blog hasta ahora, asi que aunque nunca vuelva a pasarse por aquí, de todas formas muchas gracias.